Un mundo feliz frente a las distopías de nuestro tiempo

Autor: Kevin Lozano Montañez

En el siglo XX se produjo uno de los mayores auges de la cultura a lo largo de la historia, no solo por sus aportaciones científicas, filosóficas o pedagógicas, sino por la consolidación de una literatura profunda y plural. Gracias a la eficacia de las traducciones y a los avances en el transporte, la literatura ha sido capaz de compartirse de unas naciones a otras, traspasando fronteras de forma inimaginable anteriormente. Aunque se vio marcada también por dos guerras mundiales que cambiaron el rumbo de la humanidad de manera radical. La literatura se convirtió en más que una expresión artística de valor contemplativo y evolucionó en una de las principales herramientas para denunciar las injusticias sociales o afrontar la incertidumbre en un mundo que comenzaba a globalizarse de manera radical.

Dentro de los diferentes géneros literarios, surge con especial ímpetu el de la denominada “novela distópica”. Las novelas distópicas están ubicadas en un futuro donde regímenes autoritarios han llegado al poder y son portadores de grandes tecnologías de control para vigilar a los ciudadanos, preservando un “orden perfecto” en el que puedan abarcarlo todo. El protagonista de estas novelas suele ser un personaje que de una u otra manera escapa de este sistema (al menos de una forma mental, es decir, deja de pensar como una “masa”), y que trata de hacer frente o huir de esa realidad convulsa que lo aprisiona. Obras como 1984, Fahrenheit 451 o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? son algunos de los pilares más destacados de este género.

A continuación, mi objetivo será analizar por qué Un mundo feliz de Aldous Huxley es la novela que más ha sabido identificar y mostrar los rasgos de una posible sociedad futura en su ejecución. En la obra de Huxley, el valor de la familia tradicional ha sido completamente erradicado de la sociedad; los niños nacen en incubadoras que dictaminan de manera anticipada cuál va a ser su escalón social y a qué va a estar dedicada su vida. Además, en la novela destaca una droga llamada “soma” que no deja ningún efecto secundario, acompañada de otros sistemas de placer que mantienen satisfecha a la población, constantemente reduciendo sus preocupaciones sobre el mundo. Su protagonista, Bernard, es un hombre que nació con algunos fallos físicos dentro de su escalón social y que no se siente parte de manera íntegra de su sociedad, lo que lo hace apartarse y sentirse ajeno a esta.

En primer lugar, Un mundo feliz, comparada con otras distopías de su tiempo, es aquella que ha logrado acertar en mayor medida con el mundo actual, es decir, con lo que se puede llamar “profetizar” o adivinar el futuro. Sin embargo, no pienso que esto se deba a una mera coincidencia, sino a una laboriosa tarea de Huxley en cuanto al análisis de su tiempo, que le llevaba a deducir de manera acertada en qué medida podía cambiar el mundo a futuro. Si bien los niños no nacen en incubadoras ni se ha encontrado la droga perfecta, se puede captar en la sociedad actual una búsqueda constante del placer cada vez mayor en las nuevas generaciones. Este aspecto se aprecia a través de nuevas apps como TikTok, con la que pueden recibir dopamina de forma constante, así como el acceso a la pornografía desde una edad más temprana y descontrolada. El placer se entiende no solamente como el cumplimiento de unas satisfacciones corporales, sino como la búsqueda de la supresión de elementos de la vida que lleven a un cuestionamiento profundo de las relaciones humanas. Dicho con otras palabras, se trata como una discriminación de forma casi permanente el sentirse mal o estar triste, de tal manera que se nos proyecta en campañas publicitarias la falsa promesa de una felicidad permanente ligada al consumismo extremo. A diferencia de lo que presentan George Orwell, autor de 1984, o Ray Bradbury, autor de Fahrenheit 451, con la prohibición de escritos que impiden cultivar el intelectualismo en la población, Huxley da una visión más realista y conectada con la realidad: no hace falta prohibir los libros porque la gran mayoría no quiere leerlos; tienen a su disposición mecanismos de placer mucho más inmediatos que conllevan un menor esfuerzo.

Como segundo punto, nos adentramos en el campo de los avances científicos actuales en comparación con la novela. Todavía no existe la droga perfecta ni nacemos en incubadoras; sin embargo, no es una locura pensar que es algo de lo que estamos cada vez más cerca. No quiero que se me malinterprete; no me refiero a que todo lo actual se vaya a dar de la misma manera que en la novela, aunque es innegable que podemos ver similitudes con esta cuando vemos las posibilidades de variedad genética que se empiezan a realizar con una mayor exactitud. Con los novedosos avances científicos a través de técnicas como la CRISPR-Cas9, que actúa al modo de “tijeras” capaces de cortar y variar el código genético en cuanto a su transcripción y su traducción, se comienza a apreciar la posibilidad de la creación de un ser humano diseñado de manera previa a su nacimiento. Esto incluso puede verse acompañado de la modificación genética de drogas que pueden disminuir sus efectos nocivos con una purificación extrema o la creación de drogas sintéticas que reducen los efectos dañinos y que continúan la búsqueda de la droga “suprema”. Un ejemplo actual es el desarrollo de derivados del LSD para eliminar sus efectos alucinógenos, pero manteniendo su facultad antidepresiva.

Como tercer argumento, debemos recordar a la figura divina de Ford en Un mundo feliz para lograr una confrontación clave con otras distopías de nuestro tiempo. Este carácter alcanza la divinidad y un modo de control al modo de “esencia divina”; se trata de una forma mucho más indetectable y ciegamente seguida que el caso del hermano mayor en 1984. Al contrario de esta figura, la de Ford no sirve como un elemento al que hay que temer frente a las repercusiones que puede conllevar no hacerlo, sino que, de manera opuesta, se la sigue de manera voluntaria y libre bajo la promesa de una felicidad y un placer extremos, como vimos en el primer argumento. Las formas de sacrificio o amor duradero son cada vez más transparentes y poco visibles en la sociedad, aspecto que, por ejemplo, se refleja en que la cantidad de divorcios se haya incrementado con respecto a hace unos años y se pueda acceder a una sexualidad más libre. Todo esto es debido a que se ha perdido el miedo a la figura de Dios en las últimas décadas, reemplazado por una idea de “progreso” y formas de placer intrínsecas en la sociedad; casi de la misma manera en la que Ford actúa.

En cuanto a mi primer argumento, se destacarán objeciones utilizando como principal opositor a Orwell. Si bien, como he mencionado antes, las formas de control no son tan elevadas como en 1984 en cuanto al uso de la violencia y la vigilancia permanente al modo de miedo, es innegable que algunos de estos mismos mecanismos de vigilancia se podrían utilizar; sin embargo, esto no es algo que suceda en la mayoría de las sociedades actuales. A la vez, resulta innegable afirmar que existen medidas legales de protección de datos o propios mecanismos aportados por el Estado para mantener una privacidad y, además, poder manifestarse en contra del propio Estado de manera crítica. Mientras que, por otro lado, no hay una regulación de cuánto tiempo puedo pasar consumiendo “contenido basura” o una obligación legislada de interesarme por asuntos mismamente políticos, por lo que es frente a esto que el control a través del placer es más ilimitado que el control por medio de la fuerza, principalmente por su capacidad de controlar de manera inconsciente a los individuos. También es interesante destacar que hay casos actuales de fusión entre ambos tipos de control, como el crédito social de China, que usa la “confiabilidad” de los ciudadanos. En este sistema realizado con IA, los ciudadanos son recompensados con puntos positivos por realizar acciones adecuadas, como cruzar bien la calle, que podrán canjear como descuentos; mientras que a aquellos que no respeten las normas se les podrá prohibir que usen determinados medios de transporte.

Si avanzamos al segundo punto, se podrán presentar objeciones en contra del modo en que estoy cargando de demasiado “profetismo tecnológico” a la novela de Huxley en cuanto a cómo comparo avances utilizados solo para la medicina o el ámbito académico, como el caso de la IA o de la forma de interferir en la genética; no obstante, dejo en claro que mis comparaciones con la tecnología actual han sido realizadas manteniendo unas claras distancias entre ambas. Aun con esto, me parece innegable el hecho de un claro avance que ha otorgado a “drogas clásicas” o a las más recientes un menor daño en el organismo al ser conocedores en mayor profundidad tanto de los componentes de la propia droga como de la manera en la que interfieren en el cuerpo humano. Además, este punto se complementa en gran manera con la relación que he realizado del placer con los avances tecnológicos en los primeros puntos y en cómo se pueden ver interconectados como formas de control y placer con los nuevos progresos.

Para mi tercer argumento se pueden dar dos objeciones que seguro no habrán pasado por alto, como son el negacionismo y la individualidad. En cuanto al negacionismo, me refiero a este movimiento como el opositor principal a la marca de los avances científicos desde algunas de las posturas escépticas más extremas que tratan de oponerse a esta “divinidad científica”, lo que nos puede llevar a pensar que, si contamos con opositores, no hay un control absoluto de lo científico como una nueva forma de religiosidad ciega. Sin embargo, se hace presente el beneficio que estos detractores proporcionan a los propios campos científicos cuando las personas que defienden este escepticismo radical son tratadas de locas o paranoicas de manera general debido a algunos de sus representantes más extremos. Uno de los casos más recientes y cómicos de esto es el caso de Carles Torà en el podcast The Wild Project, donde cuestiona la famosa fórmula de Einstein que establece la equivalencia entre masa y energía, lo que lo lleva a ser tratado como un “loco de internet”. Por otro lado, en cuanto al colectivismo presente en Un mundo feliz y el sentimiento de individualidad cada vez más presente en la sociedad, se podría pensar que aquí se encuentra un gran error; no obstante, esto no es del todo así si lo analizamos en mayor detalle. Esta individualidad no es más que un sentimiento colectivo disfrazado. En los grandes movimientos globales, los pensamientos se asemejan de una punta del mundo a otra más que nunca y con internet nos vemos más conectados de lo que hemos estado en la historia. Los pensamientos de otros individuos son algo a lo que no podemos escapar si usamos tecnologías; cada nueva notificación o cada vídeo o mensaje que vemos es una parte de alguien que se pasa a nosotros por estos mecanismos.

Finalmente, he podido apoyar a Un mundo feliz como la mejor novela distópica del siglo XX con la comparación con otras novelas muy destacadas de su tiempo, su relación con el presente en cuanto a los avances tecnológicos e incluso con un acercamiento a una “divinización” de la ciencia contemporánea. Estas novelas deben ser unas marcas de prevención a futuro de lo que debemos y queremos evitar. El olvidarnos de ellas nos haría encadenarnos en la vuelta a fatales errores que la humanidad debe intentar no repetir, frente a los que debemos mantener siempre una visión crítica, tanto en el progreso de las tecnologías como en la libertad que debemos garantizarnos contra mecanismos de control.



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