La meritocracia: la gran promesa

Autora: Aitana Quiñones Jiménez

Nos enfrentamos a un contexto marcado por un discurso cada vez más individualista y divisorio, caracterizado por el ensalzamiento de la lucha y el éxito individual. Bajo este pensamiento meritocrático, el individuo se entiende como el responsable de su éxito y fracaso, pues los resultados de sus acciones son consecuencia de su esfuerzo personal. La meritocracia es un sistema que se caracteriza por atribuir los méritos económicos, sociales o laborales al sacrificio individual, prescindiendo de la riqueza, la herencia o la clase social. Mantener una postura crítica frente a este sistema es importante, ya que teoriza sobre quién debe acceder a los puestos de mayor poder e influencia, quiénes, en última instancia, tendrán capacidad de decisión sobre la población. Por tanto, cuestionar la meritocracia nos permite reflexionar sobre la legitimidad de esas figuras.

La meritocracia es una de las cuestiones políticas más debatidas en las sociedades contemporáneas. Se trata de un sistema íntimamente relacionado con el capitalismo y, por ello, es habitualmente defendido por las corrientes más liberales, mientras que es cuestionada por las más progresistas. Por ello, existe una gran diversidad de juicios respecto a esta cuestión. No obstante, en este ensayo defenderé que la meritocracia es un modelo injusto debido a la desigualdad de oportunidades y que, además, fomenta el individualismo y la despolitización.

En primer lugar, sostengo que es un sistema inviable e incompatible con la realidad social que nos envuelve. Las sociedades son desiguales, es decir, no todos los ciudadanos tienen las mismas oportunidades ni el mismo acceso a recursos. Por ello, a pesar de que el esfuerzo sea imprescindible para conseguir objetivos, cada individuo parte de un contexto particular, el cual dificulta o facilita el ascenso dentro del sistema. Por tanto, es injusto aplicar la meritocracia ignorando este factor: no todos los ciudadanos parten del mismo punto de partida. Esta desigualdad puede surgir por diversos motivos, como la posición social, el género, el sexo, la etnia, la procedencia, etc. Veremos concretamente algunos a continuación.

El primer factor, y el más evidente, es la clase social, pues vivimos en una sociedad dividida en clases sociales. Como vivimos en una sociedad capitalista, las clases son el proletariado, la que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario, y la burguesía, que acumula riqueza y controla los medios de producción. La relación que mantienen las clases es conflictiva y de opresión, pues la burguesía tiene una posición de poder respecto a la clase obrera. Por ello, la pertenencia a una clase o a otra puede ser una ventaja o un obstáculo.

Por un lado, formar parte de un grupo privilegiado amplía el horizonte de posibilidades y, por ello, favorece el cumplimiento de objetivos. Un ejemplo de ello son los estudiantes que, al no poder acceder a la universidad pública por no tener una nota lo suficientemente alta, se plantean pagar una educación privada. Los alumnos que procedan de una familia adinerada podrán costearse ese lujo, mientras que los que no puedan considerar esa opción tendrán que optar por otras soluciones menos cómodas. Además, pertenecer a una clase social alta aporta capital simbólico, concepto abordado por Pierre Bourdieu. Este término hace referencia al valor de las conexiones sociales que tiene un individuo, que le permiten mantener su estatus y acceder a puestos de trabajo prestigiosos (Fernández, Alcázar & Fernández, 2007).

Por otro lado, desafortunadamente, no todos parten de ese punto de partida. No obstante, algunos análisis indican que, a lo largo del siglo XX, España ha experimentado un avance en la movilidad social gracias al desarrollo económico y al acceso generalizado a la educación pública. Esto se debe a que las oportunidades de acceder a una educación superior aumentan las posibilidades de conseguir un mejor empleo, lo que ha reducido en cierta medida la influencia del origen familiar en el destino social (Rodríguez, 1993). Sin embargo, otras fuentes nos indican que la movilidad social en las últimas décadas sigue siendo limitada. En España, más del 35 % de la desigualdad de ingresos está determinado por factores heredados, frente a una media del 25 % en la OCDE, lo que indica que el punto de partida familiar sigue teniendo un peso mayor que en muchos otros países desarrollados (Sempere, 2025). Por otro lado, la inversión educativa con respecto al PIB está un punto por debajo de la media de la OCDE. Esto dificulta la movilidad educativa, es decir, la capacidad de obtener estudios superiores a los de los padres y, por tanto, el acceso a un empleo con más responsabilidad (De las Heras, 2020).

Asimismo, el género puede ser un obstáculo a la hora de alcanzar puestos de liderazgo, siendo este fenómeno el llamado techo de cristal. El concepto hace referencia a las barreras invisibles que impiden que las mujeres asciendan a cargos de responsabilidad dentro de las organizaciones. Según el estudio Women in Business 2024 de Grant Thornton (Ojeda, 2026), en 2024 solo el 18,5% de los CEO en España eran mujeres y su presencia en puestos directivos decaía al 37,2%. Esta diferencia evidencia que, pese a ciertos avances, las mujeres siguen sin acceder en igual medida a los cargos de mayor responsabilidad. Por tanto, el techo de cristal continúa siendo una realidad.

Como podemos observar, en las sociedades modernas no existe una verdadera igualdad de oportunidades. En consecuencia, la meritocracia resulta injusta, ya que ignora las desventajas que un sector de la población debe afrontar. Además, es un sistema incapaz de explicar con honestidad las razones por las que algunas personas logran progresar socialmente, pues ignora la diversidad de contextos individuales. De este modo, funciona como un instrumento que legitima las posiciones de privilegio de ciertos grupos, contribuyendo a su permanencia. Y a su vez, justifica la situación de pobreza y precariedad que sufren otros sectores de la sociedad.

Por otra parte, este discurso meritocrático, al reivindicar el esfuerzo individual como requisito principal para prosperar, corre el riesgo de que el fracaso sea percibido como un síntoma de la insuficiencia de esfuerzo. Y esto no sucede en todos los casos, ya que el sistema no satisface y recompensa el esfuerzo de forma igualitaria. En estas ocasiones, si el individuo se siente el único responsable de su situación, puede llegar a la conclusión de que es el culpable de que no consiga todos sus objetivos. No obstante, existen problemas estructurales que condicionan el progreso y su origen no está en el propio sujeto, sino en el sistema. Un ejemplo claro de ello es la desigualdad de oportunidades, de la cual hemos hablado anteriormente. Estos problemas afectan a todos los ciudadanos y no deben individualizarse, pero la meritocracia es un sistema que tiende a hacerlo.

Asimismo, esta concepción de la realidad social reduce el interés en la participación política y la lucha social. Esto se debe a que desplaza el interés de las causas de los problemas desde lo colectivo hacia lo personal. Los sujetos se ven responsables de su propia situación y no ven necesario movilizarse, optando por adaptarse y resignarse a las circunstancias que les impone su contexto. Por ello, la meritocracia es un sistema que fomenta el individualismo.

En cuanto a las objeciones a mi tesis, cualquier individuo podría decir que cuestionar la meritocracia puede tener como finalidad justificar el fracaso individual, culpando al sistema de su propio desinterés. Pues, si transmitimos el mensaje de que las clases superiores se mantienen en su posición de poder prácticamente por herencia, las clases bajas tenderán a resignarse a su situación y no harán nada para cambiarla. Es decir, en lugar de intentar mantener una actitud ambiciosa, decidirán culpar de su precariedad al “otro”, ya sea este el Estado o el poderoso. Un caso concreto es el individuo que, pese a tener la oportunidad de acceder a una educación pública y a recursos básicos, decide optar por un trabajo similar al de sus padres. El sujeto en cuestión se ha desmotivado al escuchar puntos de vista antimeritocráticos y piensa que podría estudiar, pero que realmente quienes van a alcanzar éxito serán los hijos de las clases altas, quienes tienen más oportunidades.

Sin embargo, el objetivo de mi ensayo es mostrar que los problemas estructurales tienen su origen en las carencias del sistema y que estas dificultades existen y nos perjudican. Por supuesto, reconozco el valor del esfuerzo y la capacidad de la educación, pero, como he expuesto, no es el único factor que influye en el éxito. Por tanto, no invito a los lectores de este ensayo a resignarse ante las desigualdades, sino a que tomen conciencia de que parte de las dificultades que se les presentan son problemas estructurales, frente a los cuales no se debe adoptar una actitud pasiva.

Por otra parte, se podrían preguntar los lectores de este ensayo cuál es la alternativa a la meritocracia, pues las desigualdades son intrínsecas a las sociedades modernas. Es bien sabido que la desigualdad es inherente a las sociedades capitalistas, pero eso no significa que debamos resignarnos y aceptarlas como naturales. El problema que planteo respecto a la meritocracia es su imposibilidad de ofrecer una igualdad de oportunidades. No propongo un sistema que base su ascenso en algo distinto al esfuerzo, pues considero que la riqueza o la herencia son criterios injustos. Por tanto, no planteo una alternativa totalmente diferente a la meritocracia, sino que expongo que la desigualdad de oportunidades es el elemento que la hace injusta.

En conclusión, la meritocracia pretende prometer éxito y recompensar a quien se esfuerce por sus objetivos, pero esta ignora las dificultades que el sistema impone a algunos sectores de la población. Este aspecto la hace injusta, ya que factores como la clase social o el género pueden ser un eje de desigualdad. Por tanto, no hay igualdad de oportunidades y, a pesar de que el sujeto deba esforzarse, alcanzar sus objetivos le será considerablemente más difícil. Por ello, no se debe, en beneficio de las clases privilegiadas, justificar la precariedad y las desigualdades con la falta de esfuerzo. La meritocracia, además de ser un sistema injusto, fomenta el individualismo al reivindicar el esfuerzo individual e individualizar los problemas estructurales. Al mismo tiempo que fomenta la despolitización al reducir el interés en los asuntos públicos y la lucha social al hacer totalmente responsables a los sujetos de su situación.

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  • Última modificación: 2026/07/18 13:15
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