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Junio de 2020

[El 22 de junio abrió sus puertas el Laboratorio Filosófico sobre la Pandemia y el Antropoceno, un proyecto que puse en marcha junto con un grupo de jóvenes filósofas y filósofos españoles, al que enseguida se sumaron otros colegas latinoamericanos dedicados a la filosofía, la sociología y la politología, y que desde el principio ha contado con el apoyo de la Red española de Filosofía (REF). El Laboratorio tiene tres líneas de actuación, que de momento estamos desarrollando a través de nuestra web: un Archivo digital en el que vamos registrando todo lo que se publica sobre la pandemia y el antropoceno (libros, artículos, entrevistas, vídeos, imágenes, blogs); un Foro de debate dedicado cada mes a un tema diferente, y en el queremos contar con invitados expertos en el tema y con colaboraciones enviadas por cualquier persona interesada; y una sección de Noticias y actividades relacionadas con estos temas. Más adelante, cuando El Laboratorio esté más consolidado y las condiciones de la pandemia lo permitan, nos proponemos organizar otro tipo de actividades más allá de la web, a ser posible en colaboración con otros grupos, asociaciones e instituciones que se ocupen de los mismos temas: mesas de debate, seminarios, jornadas, publicaciones, etc. El primer debate del mes, publicado el 22 de junio, tuvo como título "La pandemia, un episodio del antropoceno". Las tres personas invitadas fueron Yayo Herrero, Fernando Valladares y yo mismo. Mi contribución fue un artículo titulado "¿Por qué un laboratorio filosófico?", que es el que reproduzco aquí.]

Un laboratorio, según el DRAE, es un «lugar dotado de los medios necesarios para realizar investigaciones, experimentos y trabajos de carácter científico o técnico». Hay también «laboratorios clínicos» para analizar muestras biológicas y «laboratorios de idiomas» para aprender lenguas extranjeras. La pandemia de Covid-19 ha revelado la importancia de los laboratorios científicos y clínicos para investigar el comportamiento del virus SARS-Cov-2, diseñar vacunas y antivirales, y hacer pruebas a la población.

Pero el término latino laboratorium se acuñó en la Edad Media con un significado mucho más amplio, para referirse a cualquier lugar (-arium) donde un agente (-tor) realiza una actividad (labora). Un laboratorio es un taller donde una persona labora o donde varias colaboran en una tarea. Este antiguo significado se mantiene todavía hoy en la lengua italiana. El diccionario Treccani, junto a la limitada definición de la DRAE, recoge esta otra: «Cualquier local o conjunto de locales donde varias personas se dedican a los trabajos de un arte u oficio: l. de sastrería, l. artesano, l. de ebanistería, etc.».

Merece la pena rescatar este uso más amplio del término para reivindicar la importancia del trabajo artesano. Como ha mostrado Richard Sennett en El artesano, hay una gran diversidad de tareas (cocina, costura, crianza, cuidados sanitarios, albañilería, carpintería, horticultura, música, diseño, escritura, etc.), en los que se combina la habilidad técnica y la sensibilidad estética, el saber material y la preocupación por los otros, y en los que se condensa una experiencia colectiva transmitida durante generaciones.

Pero, ¿por qué un laboratorio filosófico? Ante todo, para mostrar que el pensamiento no es una actividad solitaria sino una labor cooperativa que requiere el debate con otros, el aprendizaje mutuo y la hibridación entre los saberes. El término griego «filosofía» suele traducirse como amor al saber, pero este no puede darse sin el saber del amor. Los antiguos griegos descubrieron que hay una relación muy estrecha entre la pasión por la verdad y el cultivo de la amistad. Por eso se reunían en plazas, pórticos y jardines, unos lugares de encuentro y de debate que fueron los primeros laboratorios filosóficos.

Además, la filosofía es una actividad artesana porque trata de crear una obra bien hecha. Trabaja con las palabras, ideas, creencias, etc., de las que nos servimos para dar cuenta del mundo, del nosotros y del propio yo. El trabajo filosófico comienza realizando un riguroso análisis desconstructivo de todas esas palabras con las que se construyen y legitiman las formas dominantes de organización de la vida. Pero esa labor critica tiene como objetivo último acuñar nuevos conceptos con los que componer nuevos mapas conceptuales, nuevas maneras de comprender el mundo y orientarnos en él.

Queda por mencionar la tercera razón para crear un laboratorio filosófico. El DREA ofrece una segunda definición de laboratorio: «Realidad en la cual se experimenta o se elabora algo». A veces, es nuestra realidad circundante la que se convierte en un laboratorio abierto, donde tiene lugar un experimento a gran escala, no diseñado ni controlado por nadie. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en nuestro planeta desde que terminó la Segunda Guerra Mundial y se inició lo que Paul Crutzen, Will Steffen y otros científicos han llamado la «gran aceleración» del Antropoceno: como ya apuntó Vladimir Vernadsky, los humanos nos hemos convertido en una «fuerza geológica» y en apenas siete décadas hemos alterado y degradado profundamente todos los procesos naturales que hasta ahora habían hecho posible nuestra vida sobre la Tierra.

En 2020 ha estallado la primera pandemia global de la historia. Ignacio Ramonet la ha calificado como un «hecho social total», retomando la expresión con la que Marcel Mauss describió la práctica del «don» como fundamento último de la vida social. Pero esta pandemia, lejos de confirmar los sólidos fundamentos del capitalismo dominante, ha revelado su extrema fragilidad. Además, ha evidenciado que la destrucción ecocida de los ecosistemas terrestres no sólo está provocando la aparición de nuevas enfermedades infecciosas sino que también puede conducir al genocidio de una parte de la humanidad.

Esta pandemia es un «gran experimento ecosocial» que está poniendo a prueba todas las esferas y escalas de la vida humana. En 2001 publiqué un librito titulado precisamente así, El gran experimento. Lo que está sucediendo ahora es sólo un preludio del colapso civilizatorio al que nos conducen el cambio climático, la reducción de la biodiversidad, el agotamiento de los recursos y la contaminación de los suelos, las aguas y el aire.

En resumen, la pandemia de Covid-19 es un episodio más de la «gran aceleración» en la que los humanos estamos poniendo en riesgo nuestro propio destino. Por eso, un grupo de filósofas y filósofos hemos decidido crear un Laboratorio Filosófico sobre la Pandemia y el Antropoceno, para analizar el gran experimento ecosocial en el que estamos comprometidos y para construir mapas que nos permitan cambiar de rumbo.


El viernes 19 de junio de 2020, de las 11 de la mañana a las 3 de la tarde, se celebró la lectura y defensa pública de la tesis «Narrar la historia, recordar el trauma. Memoria y olvido de la guerra civil española, ochenta años después», realizada por Rafael Pérez Baquero, codigirida por Jorge Novella Suárez y por mí, y evaluada por un tribunal presidido por Pedro Ruiz Torres (catedrático de Historia Contemporánea, Departamento de Historia Moderna y Contemporánea, Universidad de Valencia), con Salvador Cayuela Sánchez (profesor contratado doctor interino de Historia de la Ciencia, Departamento de Ciencias Médicas, Universidad de Castilla-La Mancha) como secretario, y Marije Hristova (Investigadora Marie Sklodowska-Curie / WIRL-COFUND en Estudios de memoria, historia, literatura comparada, Departamento de Estudios Hispánicos, Universidad de Warwik, Reino Unido) como vocal.

El doctor

Rafael Pérez Baquero cursó el Grado en Filosofía (2009-2013) en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Murcia con una nota media de Matrícula de Honor y obtuvo el Premio Fin de Grado de su promoción. En la misma universidad cursó el Máster Universitario en Formación del Profesorado (2013-2014) y en la UNED el Máster en Filosofía Teórica y Práctica (2013-2014). También en la UNED, obtuvo el título de Experto Universitario en Memoria Social y Derechos Humanos (2018).

El Ministerio de Educación le concedió una beca-contrato FPU (2016-2010) avalada por mí, lo que le permitió realizar el doctorado bajo mi dirección y la de Jorge Novella.

Realizó dos estancias de investigación en universidades extranjeras, una en el Romance Studies Department de la Cornell University (Ithaca, New York, USA), bajo la dirección de Enzo Traverso, y otra en Department of Cultures and Languages de la University of Birkbeck (London, UK), bajo la tutela de Mari Paz Balibrea.

Ha formado parte de dos grupos de investigación de la Universidad de Murcia: Filosofía y Mundo Contemporáneo (E091-07) y Phrónesis. Grupo de Filosofía Analítica (E021-02). También ha participado en dos proyectos de investigación financiados: «El legado filosófico del exilio español de 1939: razón crítica, identidad y memoria (2016FFI-77009-R)» y «Emoción y Valor Moral en el Arte: Teoría y Praxis Artísticas (08694/PHCS/08)».

Sus investigaciones se enmarcan en el campo de los estudios de memoria, la filosofía de la historia y la teoría de la historiografía. Sobre estas cuestiones ha publicado varios artículos en revistas internacionales y en volúmenes colectivos. También ha presentado varias comunicaciones en congresos nacionales e internacionales.

A todo ello se añade la docencia que ha impartido durante su contrato predoctoral en varias asignaturas del Grado en Filosofía: Historia de la Filosofía Medieval, Historia del Pensamiento Español, Filosofía del Siglo XX (I), Filosofía del Siglo XX (II) y Filosofía y Globalización.

También formó parte del comité organizador del LV Congreso de Filosofía Joven, celebrado en Murcia del 16 al 18 de mayo de 2018.

La Universidad de Murcia le ha concedido una ayuda del Programa Erasmus + Prácticas para realizar una estancia posdoctoral de tres meses, de septiembre a noviembre de 2020, en la University of Tartu (Estonia).

La tesis

Inicialmente, el acto de lectura y defensa pública de la tesis iba a celebrarse de manera presencial el 22 de mayo, en el Salón de Grados de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Murcia, pero la declaración del estado de alarma como respuesta a la pandemia de COVID-19 obligó a posponerlo y, finalmente, a celebrarlo a distancia un mes después de lo previsto.

A pesar de celebrarse por videoconferencia, al acto asistieron más de veinte personas: además del doctorando, el tribunal y los dos codirectores, asistieron también otros doctorandos, jóvenes doctores y doctoras, profesores y profesoras de la Facultad, familiares y amigos. En total, la sesión duró más de cuatro horas: comenzó a las 11 de la mañana y concluyó pasadas las 3 de la tarde.

El doctorando expuso en poco más de media hora lo esencial de su tesis. Su investigación se ha dividido en dos grandes partes: una centrada en el análisis de los debates teóricos sobre las relaciones entre historia, memoria, trauma y justicia transicional; y otra centrada en el caso concreto de la guerra civil española, la dictadura franquista y la transición democrática.

Partiendo de los “tres conceptos de historia” propuestos por mí en un artículo del mismo título, Rafael explicó por qué había organizado su investigación en tres ámbitos de análisis: epistemológico (la historia como modo de saber), ontológico (la historia como modo de ser) y ético-político (la historia como modo de hacer). Ese esquema trimembre se repite tanto en la parte teórica como en la parte práctica de la tesis, aunque al mismo tiempo Rafael señaló la relación inseparable que se da entre los tres ámbitos y entre las dos partes.

A continuación, expuso la complejidad y la ambigüedad del concepto de trauma, y sus esfuerzos por desambigüarlo para poder servirse de él en el análisis del caso español.

Finalmente, en el estudio del caso español, expuso las tres etapas que se han dado en nuestra historia reciente: el franquismo, en el que se pasó del discurso de la victoria al de la paz; la transición a la democracia, en la que se caracterizó la guerra como un fratricidio y se apeló a una reconciliación basada en el olvido; y las dos últimas décadas, en las que los nietos de los vencidos han reivindicado la memoria histórica de sus abuelos y la exigencia democrática de reparar a las víctimas y a sus familias.

Posteriormente, los tres miembros del tribunal felicitaron al doctorando y al mismo tiempo le plantearon diversas preguntas, sugerencias y comentarios críticos. Fueron intervenciones muy extensas, especialmente la del presidente del tribunal, que se dilató durante más de hora y media. No obstante, Rafael respondió detalladamente a todas las preguntas, sugerencias y comentarios críticos.

Por último, el presidente nos dio la palabra a los dos codirectores de la tesis. Jorge Novella recordó con emoción que había sido profesor de Rafael durante muchos años, primero en el instituto de secundaria y después en la universidad, y siempre había demostrado ser un excelente estudiante.

Por mi parte, elogié la trayectoria formativa, investigadora y docente de Rafael, valoré el carácter interdisciplinar de su tesis y su doble dimensión teórica y práctica, subrayé su compromiso con la cuestión de la memoria histórica española, que sigue siendo un problema político no resuelto, reconocí lo mucho que había aprendido con su trabajo y manifesté que me sentía muy afortunado por haber podido acompañarlo en su magnífica investigación de doctorado.

Es la duodécima tesis que he dirigido y tal vez sea la que menos correcciones ha necesitado por mi parte: tras unos meses de conversaciones en los que tratamos de concretar la estructura que debía tener el trabajo, y una vez que Rafael tuvo claro cómo organizar su investigación, se puso a redactarla de forma metódica y los capítulos fueron brotando prácticamente acabados, como Atenea de la cabeza de Zeus.

Tras una breve deliberación, el tribunal decidió concederle la máxima calificación: Excelente. Todos los asistentes aplaudimos al nuevo doctor a través de las pantallas y nos despedimos sin poder abrazarlo y sin celebrar el acontecimiento en torno a una buena mesa, aunque con la promesa de hacerlo más adelante.


Última actualización: junio_2020 2020/07/26 19:35

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  • Última modificación: 2020/08/08 11:16
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