Octubre de 2013

Las revoluciones árabes, tres años después

El jueves 3 de octubre, se celebró en Murcia una Jornada sobre la Primavera Árabe, organizada por el Campus de Excelencia Internacional Mare Nostrum 37/38 (CMN), en colaboración con el Departamento de Sociología de la Universidad de Murcia.

El objetivo de esta Jornada era doble: por un lado, se trataba de presentar en público la nueva revista Sociología Histórica (SH), editada por la Universidad de Murcia y dirigida por el sociólogo Andrés Pedreño Cánovas, y cuyo primer número está dedicado a la Primavera Árabe (con artículos de Bryan S. Turner, Hamit Bozarslan, Javier Barreda, Juan Ignacio Castien, Jesús Gil Fuensanta, Ariel José James, Alejandro Lorca y Naomí Ramírez, a los que se añade una entrevista a Hamit Bozarslan, realizada por Marie-Carmen García); por otro lado, se trataba de invitar a varios expertos (entre ellos, algunos de los que han colaborado en el primer número de la revista), para debatir sobre las causas desencadenantes, las consecuencias no previstas y el incierto devenir de las revoluciones que desde comienzos de 2011, hace ahora casi tres años, se han sucedido en varios países del sur del Mediterráneo y de Oriente Próximo y Medio.

Por la mañana, tras la inauguración oficial de la Jornada, se celebró la presentación de la revista a cargo de su director, Andrés Pedreño (Departamento de Sociología, Universidad de Murcia); y, posteriormente, una mesa de debate sobre las revoluciones árabes, en la que intervinieron el historiador Alejandro García (Departamento de Historia, Universidad de Murcia) y el sociólogo Juan Ignacio Castien (Departamento de Psicología Social, Universidad Complutense de Madrid).

Por la tarde, el historiador y politólogo de origen kurdo Hamit Bozarslan, director del Centro de Estudios Turcos, Otomanos, Balcánicos y Centroasiáticos (perteneciente a la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París), dio una magnífica conferencia titulada “Oriente Medio 2011-13: de las configuraciones revolucionarias al Estado de violencia”. La dio en francés, con traducción simultánea. Trazó un amplio mapa de la situación en la que se encuentran todos los países del norte de África y de Oriente Medio, tras el inicio de las primeras revoluciones en Túnez y Egipto. Su exposición estuvo guiada por dos ideas principales: la primera es que, tras el inicio de la revolución en Túnez, se ha producido un “efecto dominó” en todos los países árabes y musulmanes, desde Marruecos hasta Pakistán, aunque la evolución de los acontecimientos ha sido diferente en cada uno de ellos, debido a las peculiaridades de cada régimen político; la segunda es que las iniciales “configuraciones revolucionarias” (una expresión tomada de Norbert Elias) han conducido en los últimos tres años a un generalizado “Estado de violencia” (una expresión tomada de Frédéric Gros y de su libro del mismo título).

Como dice también el sociólogo Bryan S. Turner en su artículo ”La ciudadanía árabe: la Primavera Árabe y sus consecuencias no intencionales”, recogido en el primer número de Sociología Histórica (SH), la Primavera Árabe ha dado paso al “invierno de nuestro descontento” (una expresión de Shakespeare en Ricardo III). Sin embargo, no es nada fácil precisar por qué se ha producido esta evolución de los acontecimientos, puesto que las razones son múltiples y varían de un país a otro. Hay quien concede primacía al factor islamista (tanto por su resistencia a la secularización como por los conflictos religiosos -intra e interconfesionales- que ha generado); hay quien se la concede al factor socio-económico (la falta de una economía sólida y de una amplia clase media); hay quien considera que las élites político-militares de los Estados árabe-musulmanes siguen teniendo el control de la situación; y hay quien considera que los principales causantes de la inestabilidad son las potencias externas (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia, etc.) y el conflicto del Estado de Israel con el pueblo palestino. Lo más verosímil es que la conjunción de todos estos factores sea lo que explique el escaso éxito obtenido hasta ahora por los movimientos revolucionarios en la extensa región que va de Marruecos a Pakistán.

La siguiente conferencia la dio la historiadora tunecina Mouna Abid (Institut Supérieur des Langues Vivantes de Tunis, Université de Carthage, Túnez), con el título: “Revolución y transición en Túnez: el estado actual”. La profesora Abid, en un perfecto castellano, nos ofreció un relato pormenorizado del proceso revolucionario seguido en Túnez durante los tres últimos años, desde el derrocamiento de Ben Ali hasta la incierta situación actual, en la que el partido islamista En-Nahda tiene el control del gobierno y dificulta los avances hacia un proceso constituyente que garantice la democracia, la justicia social, los derechos de las mujeres y la laicidad del Estado.

Finalmente, la jornada terminó con una mesa redonda en torno al tema “Pensar la Revolución”, moderada por la socióloga Marta Latorre (Universidad de Murcia), y en la que fui invitado a intervenir, junto con los conferenciantes ya citados: Hamit Bozarslan y Mouna Abid.

Pensar la Revolución

Resumiré aquí las ideas que expuse muy sumariamente en la mesa redonda. Era obvio que se trataba de “pensar la revolución” en relación con las recientes revoluciones árabes del norte de África y el Oriente Próximo y Medio, pero también se trataba de pensarla en un marco histórico más amplio, comparando la Primavera Árabe con otras revoluciones que se han dado en el pasado, con las que se están dando hoy y con las que se pueden seguir dando en el futuro, en las más diversas regiones del mundo. En resumen, se trataba de hacer un ejercicio de sociología histórica y comparada, en línea con la orientación teórica de la revista presentada al comienzo de la Jornada.

Desde que estallaron las revoluciones de Túnez y Egipto, he seguido con mucho interés el desarrollo de los acontecimientos en esos dos países y en toda la región árabe-musulmana. De hecho, ya en el mes de febrero de 2011, escribí en este mismo cuaderno una anotación titulada “Las revoluciones árabes”. De ahí el título que he puesto a esta anotación. Sin embargo, yo no soy un especialista en el tema, como lo eran mis dos compañeros de mesa. Por eso, y porque me correspondía hablar en primer lugar, decidí centrar mi intervención no en las revoluciones árabes sino en los problemas generales que plantea el concepto histórico-político de “revolución”.

Un poco de historia

Para empezar, el término “revolución” es de origen latino (revolutio, “una vuelta”) y desde la Antigüedad hasta el Renacimiento fue utilizado sobre todo con un sentido astronómico. Basta recordar la obra del astrónomo Nicolás Copérnico (1473-1543), De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los orbes celestes), en la que defendía la teoría heliocéntrica frente al geocentrismo de la tradición aristotélico-ptolemaica, pero en la que seguía concibiendo el sistema solar como un cosmos finito circundado por la esfera de las estrellas fijas y regido por los movimientos circulares de los planetas en torno al sol. Hubo que esperar a la Astronomia nova (1609) de Johannes Kepler (1571-1630), para que las órbitas de los planetas comenzasen a ser pensadas como elípticas, y al De l’infinito universo et Mondi (1584), de Giordano Bruno (1548-1600), para que el cosmos finito comenzara a ser pensado como un universo infinito poblado por innumerables mundos o sistemas solares, aunque la defensa de esta idea (y de otras muchas, consideradas heréticas por la Iglesia de Roma) hizo que Bruno fuera quemado en la hoguera.

Pero, hasta el Renacimiento, la circularidad de las “revoluciones” no afectaba sólo a los movimientos de los cuerpos celestes, sino también a los ciclos de la naturaleza terrestre, incluidos los ciclos de la historia humana. Basta leer a Nicolás Maquiavelo (1469-1527), considerado el padre del pensamiento político moderno, para darse cuenta de que en este tema era más bien antiguo o greco-latino: como el griego Polibio y el romano Tito Livio, ambos historiadores del antiguo Imperio romano, Maquiavelo pensaba que los asuntos humanos, y en particular los regímenes políticos (monarquía, aristocracia y democracia), estaban sujetos a ciclos recurrentes de ascenso y decadencia.

Ahora bien, junto a la tradición greco-latina, la Europa moderna es heredera de otra tradición: la judeo-cristiana. Y en esta segunda tradición el mundo no es eterno y circular, sino una creación divina, un artificio fabricado por el Dios único y todopoderoso, y por tanto con un origen, un desarrollo y un final predeterminados por el Creador, tal y como puede leerse en el Génesis y en el Apocalipsis, los dos libros con los que se abre y se cierra la serie de libros sagrados conocida con el término griego http://es.wikipedia.org/wiki/Biblia. En el marco de esta tradición judeo-cristiana, desde la época del Imperio romano hasta la Reforma protestante, y sobre todo en los últimos siglos de la Edad Media, se dieron en Europa muchos movimientos apocalípticos y milenaristas, que pretendían precipitar la llegada del “final de los tiempos”, y con ella la celebración del Juicio Final y la instauración de la Jerusalén celestial o Reino de Dios en la Tierra. Basta recordar estudios clásicos como el de Norman Cohn, En pos del milenio: revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media (1957), o el de George H. Williams, La Reforma radical (1962, revisada y ampliada en 1983 y en 2000).

Pues bien, en la Europa moderna se produce un doble tránsito: de la concepción cíclica y naturalista de la historia, heredada de la tradición greco-latina, a la concepción teleológica o progresiva; y de la concepción escatológica o providencialista de la historia, heredada de la tradición judeo-cristiana, a la concepción utópica o proyectiva. En otras palabras, a diferencia del movimiento cíclico de la naturaleza, regido por leyes necesarias, universales y eternas, tal y como será concebido a partir de la revolución científica de los siglos XVI y XVII, la historia humana comienza a ser pensada más bien como un movimiento de perfeccionamiento intelectual y moral, resultado de la acción colectiva e intencional de los propios seres humanos. No es casual que en los siglos XVI y XVII se elaboren las primeras utopías modernas, como las de Moro, Campanella y Bacon.

En este nuevo contexto histórico de autoafirmación de los “tiempos modernos”, en donde lo “moderno” no es ni una decadencia ni una repetición de lo “antiguo”, sino un paso adelante que lo supera y lo trasciende, la Revolución comienza a ser pensada como un novum, como un acontecimiento histórico-político que rompe con toda la tradición anterior, y también como una acción colectiva, como un movimiento socio-político cuya finalidad consiste en construir sobre la Tierra un determinado proyecto utópico de sociedad. La Modernidad es inseparable de la Revolución como construcción histórica deliberada de una determinada Utopía.

Todas las grandes revoluciones modernas se inscriben en esta nueva concepción proyectiva de la historia: no sólo las revoluciones liberales de los siglos XVII a XIX (la holandesa, la inglesa, la estadounidense, la francesa y las latinoamericanas), sino también las primeras revoluciones socialistas frustradas del siglo XIX (1848 y 1871) y las revoluciones comunistas triunfantes del XX (la rusa, la china, etc.).

Ahora bien, la idea moderna de Revolución sufre una crisis profunda en la primera mitad del siglo XX. ¿Por qué? En mi opinión, por tres razones diferentes y convergentes:

- Porque las revoluciones liberales, que predicaban la “libertad, igualdad y fraternidad” para los ciudadanos varones y propietarios de los Estados europeos, al mismo tiempo excluyeron a las mujeres y a los asalariados, y promovieron el despotismo, la deportación, el esclavismo e incluso el genocidio con los pueblos colonizados de ultramar, y también con los pueblos árabes y musulmanes del norte de África y del Oriente Próximo y Medio.

- Porque las revoluciones comunistas, que pretendían ir más allá de las limitadas y contradictorias revoluciones liberales, acabaron creando regímenes totalitarios y genocidas, en los que el terror adquirió unas dimensiones desconocidas en la época de los jacobinos franceses.

- Y porque en los años veinte y treinta del siglo XX surgieron las primeras revoluciones fascistas (Mussolini, Hitler, Franco, etc.), que pretendían derrocar no a los gobiernos despóticos del Antiguo Régimen, sino a los modernos gobiernos liberales, socialdemócratas y comunistas.

En la segunda mitad del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, asistimos a cuatro nuevos ciclos revolucionarios:

- En primer lugar, las revoluciones ligadas a los movimientos de descolonización de las últimas colonias europeas, como es el caso de los países árabes y musulmanes, que se emancipan tanto del colonialismo europeo como del imperialismo otomano, y que en muchos casos promueven un nacionalismo panarabista, socializante, secularizador y modernizador (aunque, en general, acaban construyendo regímenes autoritarios de partido único que perduran durante toda la Guerra Fría e incluso después, como sucedió en Túnez, Libia, Egipto, Irak, Siria, etc.).

- En segundo lugar, la revolución chiita en Irán (1979), que instauró una teocracia islámica y que pretendió promover un movimiento internacional de reislamización antioccidental de los Estados musulmanes más o menos secularizados y aliados de Occidente (en paralelo y, al mismo tiempo, en competencia con la reislamización sunita y wahabita promovida por Saudita, una monarquía feudal sostenida por el petróleo y aliada de Estados Unidos). Estos movimientos de reislamización han tenido su versión extrema y más reciente en la red terrorista Al Qaeda y en otros grupos yihadistas similares.

- En tercer lugar, las revoluciones democratizadoras de 1989, que se desencadenan en los regímenes comunistas de Europa del Este tras la desaparición de la URSS y el final de la Guerra Fría (1989-91), y que fueron denominadas “revoluciones de terciopelo” por su carácter generalmente pacífico. Además, al coincidir con el bicentenario de la Revolución francesa, fueron interpretadas como la derrota definitiva del comunismo y la victoria igualmente definitiva de la democracia liberal y de la economía capitalista, de modo que el “final de la Historia” no sería el comunismo sino el liberalismo, según proclamó en esos años Francis Fukuyama.

- Por último, las revoluciones de la Primavera Árabe, que se iniciaron en 2011 en Túnez y Egipto, que extendieron su influencia en todo el mundo árabe y musulmán, desde Marruecos hasta Pakistán, y que parecían anunciar la salida del fatal círculo vicioso entre el despotismo y el islamismo.

Unos cuantos instrumentos de análisis

Ante esta sucesión de revoluciones tan diversas, ¿cómo podemos pensar hoy el concepto de “revolución”?

1. Definición. Comencemos por una definición sencilla: una revolución es un cambio por la fuerza del régimen socio-político dominante en un momento y en lugar determinado. Ahora bien, ese cambio puede producirse por un golpe palaciego o militar, por la revuelta de algunos sectores sociales emergentes, por una guerra civil más o menos cruenta y prolongada, por una gran movilización social más o menos pacífica, etc. En un cambio de régimen socio-político, caben gradaciones muy diversas e incluso combinaciones simultáneas o sucesivas de todos estos elementos.

2. Dimensiones. En segundo lugar, una revolución puede ser más o menos profunda, en función del número de dimensiones sociales que se vean afectadas por ella. Una revolución puede afectar, al menos, a cuatro grandes dimensiones sociales: por un lado, la dimensión político-militar, es decir, el control de los aparatos de coerción (ejército, policía, servicios secretos) y de los aparatos institucionales, financieros, administrativos, etc., que conforman la estructura básica de un Estado; por otro lado, la dimensión socio-económica, es decir, las formas de producción y distribución de la riqueza, la estructura de clases sociales, el nivel de bienestar social, etc.; otra dimensión fundamental es la que afecta a las relaciones entre los sexos y las generaciones, las formas de parentesco, los estilos de vida, etc.; y, por último, la dimensión cultural o simbólica, es decir, todo lo relacionado con la producción y circulación de las ideas, los conocimientos, los valores, etc.

Es importante tener en cuenta que las grandes revoluciones europeas de la Modernidad afectaron a estas cuatro dimensiones simultáneamente, aunque de manera desigual: no sólo derrocaron y reemplazaron las monarquías absolutas por monarquías parlamentarias o repúblicas; también sustituyeron la economía feudal por la economía capitalista; además, se inició una transformación de las relaciones parentales que dio la voz a los jóvenes y a las mujeres; y, por último, se dio un importante proceso de secularización y modernización cultural. En resumen, tal y como ha mostrado el historiador Jonathan Israel, las revoluciones europeas estuvieron precedidas y acompañadas por una “revolución de la mente” a la que se dio el nombre de Ilustración y que supuso un auténtico cambio civilizatorio.

3. La secuencia temporal. En tercer lugar, otro aspecto de las revoluciones tiene que ver con la experiencia del tiempo. Por un lado, una revolución es siempre un acontecimiento imprevisible e improgramable, es algo que irrumpe de manera inesperada, allí donde parecía imposible que ocurriera. E irrumpe tal vez cuando la gente ha alcanzado un cierto umbral de saturación o de desesperación: una vez que se ha llegado a ese umbral, basta cualquier chispa, cualquier conflicto aparentemente menor, para que se desencadene la revolución. Esto es lo que ocurrió en Túnez: la autoinmolación del joven Mohamed Buazizi fue la mecha que prendió la llama de la revuelta y que en pocos días condujo al derrocamiento del dictador Ben Ali, firmemente asentado en el poder durante 24 años.

Por otro lado, es fácil fechar el comienzo de una revolución, pero es muy difícil determinar su duración y su finalización. Sobre todo, porque la insurrección revolucionaria puede dar lugar a resultados no previstos y no deseados por los revolucionarios: sea un movimiento de reacción, de contrarrevolución y de restauración del antiguo régimen; sea la instauración de un nuevo orden mucho más despótico que el anterior, que reprime y extermina incluso a quienes contribuyeron a instaurarlo. Me parece muy útil la diferencia que propone Charles Tilly, en su clásica obra Las revoluciones europeas (1492-1992), entre la “situación revolucionaria” (un concepto análogo al de “configuración revolucionaria”, propuesto por Norbert Elias y utilizado por Hamit Bozarslan) y el “resultado revolucionario”. No toda situación revolucionaria acaba produciendo resultados revolucionarios (el caso prototípico son las revoluciones de 1848); a la inversa, pueden darse resultados revolucionarios que no hayan sido precedidos por una situación revolucionaria (es lo que sucedió con la transición democrática española, que no fue el fruto de una revolución sino simplemente de la muerte natural del dictador); y, por último, pueden darse resultados revolucionarios que no sean los esperados y que incluso conduzcan a regímenes de terror o, por el contrario, a “Estados fallidos” y a situaciones de guerra civil y de violencia más o menos generalizada.

4. El espacio geopolítico. En cuarto lugar, otro aspecto de la revolución es su inscripción en el espacio geopolítico: no podemos entenderla exclusivamente como algo que ocurre en el interior de un Estado o comunidad política claramente circunscrita, sino más bien como un episodio que se inscribe en relaciones de fuerza internacionales, cuya dinámica histórica puede provocar y reforzar, o bien sofocar y bloquear los procesos revolucionarios en un país determinado. De hecho, muchas revoluciones y guerras civiles se han desencadenado a partir de guerras internacionales, como sucedió con la revolución rusa de 1917. Las revoluciones democráticas de los países de Europa oriental no se habrían producido sin el desmoronamiento de la URSS y de todo el bloque comunista en los años 1989-91. Por eso, es frecuente que en las revoluciones se produzca el “efecto dominó”, es decir, que los ciclos revolucionarios se expandan por amplias zonas geopolíticas, cuando se dan las condiciones históricas propicias. Y es eso, precisamente, lo que ha ocurrido en los tres últimos años con las revoluciones árabes.

Sin embargo, el devenir de las revoluciones árabes es todavía muy incierto, y de momento ha provocado un generalizado “Estado de violencia”, como dice Hamit Bozarslan. La lección de estos tres años es que no basta derrocar al tirano, como sucedió en Túnez y en Egipto. Hay que preguntarse también qué pasa con la economía, cómo hacer frente a la desigualdad social, el paro, la pobreza, la falta de una amplia clase media… Hay que preguntarse también qué pasa con la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, una igualdad sin la cual no cabe pensar revolución alguna… Hay que preguntarse qué pasa con la religión, sea islámica, cristiana o judía, pues sin un proceso efectivo de secularización de las instituciones publicas tampoco hay revolución que merezca la pena… De hecho, el gran problema con el que se han encontrado las revoluciones árabes es el falso dilema, más aún, el riesgo de guerra civil –vivida ya dramáticamente por Argelia- entre una teocracia islamista o una dictadura militar laicista… Una y otra son los dos grandes obstáculos para avanzar hacia la libertad, la democracia y la justicia social.

El porvenir de las revoluciones

Terminaré con una última reflexión sobre la actualidad y el porvenir de las revoluciones. El ciclo de las revoluciones árabes no sólo ha irradiado su onda expansiva por el norte de África y el Oriente Próximo y Medio, sino que también ha tenido una resonancia o un paralelo en otros movimientos surgidos en los países más alejados del mundo, desde China (donde se prohibió la palabra “egypt” en las redes sociales, para evitar el contagio de lo ocurrido en la plaza Tahrir), hasta Estados Unidos (donde surgió el movimiento Occupy Wall Strett), pasando por España (donde el movimiento 15-M ocupó en 2011 la Puerta del Sol de Madrid y otras muchas plazas en otras muchas ciudades), Turquía, Chile, México, Brasil, etc.

Esto significa, al menos, cuatro cosas:

1. Que las nuevas “situaciones revolucionarias” no se restringen a los países con regímenes despóticos o “todavía no democráticos” (como pensaban los ideólogos del “fin de la Historia”), sino que se están dando también en países con regímenes de democracia liberal más o menos longevos, y que por tanto parece que hemos entrado en un nuevo ciclo revolucionario de dimensiones globales o mundiales.

2. Que esta expansión global de las movilizaciones revolucionarias no se debe exclusivamente a las nueves redes electrónicas de comunicación, como creen los ciberfetichistas (véase la crítica de César Rendueles a este ciberfetichismo, en su libro Sociofobia), sino al hecho de que el propio capitalismo neoliberal está cada vez más financierizado y desterritorializado, es decir, desvinculado del pacto social que sirvió de fundamento al Estado democrático de la posguerra europea (el llamado Estado de bienestar), y esta gran evasión del capital está generando en todo el mundo situaciones de creciente desigualdad, desempleo, precariedad, pobreza, corrupción de las élites políticas y deslegitimación de las instituciones de gobierno.

3. Que los movimientos revolucionarios en los países democráticos no adoptan ya las viejas formas escatológicas del comunismo o del fascismo, sino que más bien pretenden una regeneración, profundización y radicalización de la propia democracia, de la participación cívica, de los derechos políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales, cada vez más erosionados por el creciente poder del capitalismo neoliberal globalizado.

4. Y, por último, que esos nuevos movimientos revolucionarios, de clara orientación cosmopolita, son todavía incapaces de provocar resultados revolucionarios, y, por el contrario, se están viendo acompañados y contrapesados, también en todos los rincones del mundo, por el resurgir de movimientos nacionalistas, xenófobos e incluso neofascistas, empeñados en resucitar el mito de la patria cerrada e incontaminada, étnicamente homogénea y políticamente soberana.

Última actualización: 06/10/2013 21:51


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